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    07/06/2005

    IV. El día que se reencontró con la muerte

    Él se consumía por momentos, parecía evaporarse.

    Aún seguía en su empeño de preocuparse por los demás: “¿Qué tal está tu padre?, ¿Y cómo van los exámenes?”...

    Harto de este mundo absurdo decidió repartir pedazos de su vida en los corazones de la gente que lo había querido. Los lanzó como si un manojo de alfileres se tratará, y con una puntería tan abrumadora que aún duele.

    En cualquier encuentro se entreveía una irremediable despedida, y la de aquella tarde lo fue descaradamente.

    El día que la muerte le tendió la mano él no dudó, respiró aliviado y le increpó en tono apático:“Te estaba esperando desde hace dos meses... aunque a decir verdad,  te llamé cada día desde aquella tarde de verano de 1978, ¿recuerdas?”.

                                 En memoria de J...

     

     

    31/05/2005

    III. El día que conoció el amor

    Él pasaba la semana pensando en ella y esperando el viernes para volver a la empresa.

    Ella pasaba la semana mirando la taquilla de él.

    Cuando se reencontraban se lanzaban miradas furtivas, gestos disfrazados de casualidad y urdían todo tipo de artimañas para encontrarse a solas.

    Era un secreto a voces en la empresa y sin embargo nadie hablaba del tema.

     

    Conocieron el amor verdadero pero pudo ser una historia de amor aún más bonita si cabe.

     

    Él llegó tarde a su vida.

    Ella cansada de esperarle se había entregado a otro hombre años atrás, con la débil intención de ser feliz. Pero pronto se dio cuenta de que se había casado con la bebida y los golpes y no con un hombre. Lo único bueno que hizo en su vida fue darle una hija.

     

    Él y ella trenzaban juntos ilusiones con planes de futuro, sin poner nunca fecha a sus sueños: que dirá la familia, cuando la niña tenga un par de años más... Era un querer y no poder, pero aún tenían toda la vida para intentarlo.

     

    Eso es lo que ellos creían...

     

     

    24/05/2005

    II. El día que huyó de su propia vida

    No había esperanza en el pueblo, los jóvenes huían a la gran ciudad en busca del dorado. Sin embargo, él era feliz allí, con su madre y sus hermanos. Había que sacar las tierras adelante. Tampoco quería dejar sola a su madre, sentía que se lo debía desde aquella tarde...

     

    Ese año el granizo había malogrado casi todo el cereal, iba a ser otro año muy duro. Una mañana al alba, cuando se dirigía a cumplir con sus tareas, se dirigió al surtidor del pueblo para repostar el tanque del tractor. “FUERA DE SERVICIO” rezaba un cartel, y estas fueron las palabras que cambiarían por siempre su suerte. El técnico encargado de reparar la avería parecía tener ganas de conversar, y en seguida le hizo una revelación: “Pues en mi empresa hace falta cubrir un puesto...”. Esta vez no lo dudó.

     

    El trabajo era duro, toda la semana viajando de Cuenca a Galicia, de Madrid a Burgos, de Guadalajara a Valencia... Tantos y tantos kilómetros de carretera, tantos pensamientos a solas y tantas pensiones distintas en las que dormir. Se encargaba de reparar las averías de los demás, pero era incapaz de hacerlo con las suyas propias.

     

    Cuando llegaba el viernes y volvía a la empresa, los demás compañeros ya estaban celebrando el fin de semana en el bar de la esquina. El se reunía con ellos alguna vez: un cumpleaños, un ascenso, una despedida... Seguidamente retomaba la carretera rumbo hacia su pueblo para reunirse con su madre y sus quehaceres en el campo.

     

    Así transcurría una semana tras otra, un mes después de otro, un año y el siguiente... Hasta que llegó ella...

     

     

    17/05/2005

    I. El día que conoció la desgracia

    Su corta vida cambió drásticamente de rumbo el verano de 1978. Pudo haber tenido una vida completamente normal, pero con sólo 14 años pasó de niño a adulto sin él quererlo...

    Esa tarde hacía el mismo calor asfixiante que el día anterior, y el sudor recorría las arrugas curtidas al sol de su padre. “Cosechar ya no es lo mismo que antes hijo, ahora todo es más fácil” solía repetirle su padre todos los años por esa misma fecha.

    Era la típica relación padre-hijo de la España profunda de aquella época: mezcla de respeto y miedo, algún que otro golpe (dicho suavemente), y ante todo la necesidad imperiosa de ocultar cualquier muestra de afecto o sentimentalismos. Impensable un “¡Te quiero hijo!”...

    La siega era una actividad tan imprescindible como aburrida. Al acabar el día llegaban extenuados a casa, pero aquella noche no llegaron los dos.

    ¡Maldito trasto viejo!, vociferó el padre con voz áspera cuando la cosechadora se paró por segunda en ese mismo día. Revolvió el pelo del chiquillo con una caricia algo ruda al tiempo que le guiñó un ojo:

    - Cuando yo te avise tiras de esta palanca, ¿entendido?

    El padre bajó de un salto, aún era joven y estaba ágil a pesar de las duras experiencias vividas años atrás. Se agachó a los pies de la inmensa máquina, masculló una retahíla de improperios e introdujo sus brazos bajo la guadañadora, estirando su cuerpo al máximo.

    - ¡Ahora!

    El niño accionó la palanca y bajo un sol de inclemencia, el tiempo se detuvo. Las chicharras suspendieron su molesto canto,  las golondrinas detuvieron el vuelo y el aire se espesó hasta el punto de oprimir su pequeño  y tierno pecho. Se hizo un vacío absoluto mientras las palabras de su padre quedaron suspendidas en el ambiente enrarecido y grabadas a fuego en la memoria del muchacho.

    Desde el cobertizo donde la madre ordeñaba las vacas a diario, se escuchó un grito atronador pero inconfundiblemente infantil que desgarró sus entrañas para el resto de su vida. Al echar a correr la mujer vertió el caldero con la leche fresca recién ordeñada, formando un gran charco blanco en el suelo...

    La mujer encontró a su hijo y su marido fundidos en un abrazo eterno, rodeados por otro gran charco: un charco de sangre por el que discurría la vida en un viaje sin retorno.